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LA OPINIÓN DE LOS SOCIOS

Juan Manuel Gutiérrez.

Ergónomo y Psico-sociólogo.

Socio Director de CONDUCTA SEGURA INTEGRAL

“In fraganti”...

 

La atención de los medios de comunicación suele centrarse de forma periódica en la tarea que ejercemos los técnicos prevencionistas, pero casi siempre por causas negativas: los seis trabajadores muertos en un tajo durante la construcción de un viaducto, los 3.200 millones de euros que costaron los accidentes sólo en el sector de la Construcción durante el pasado año 2005, o que ese año haya marcado el índice más alto de accidentalidad laboral de los últimos catorce.

Sea por insuficiencia de medios, mala gestión preventiva, supervisión ausente, comportamientos improcedentes o defectos materiales, los accidentes ocurren. Y muchas veces provocan muertes. Y algunas veces estos muertos se acumulan y provocan un impacto resonante en la conciencia de todos. Durante unos días, nos sentimos preocupados, concernidos, molestos. Y después se nos pasa.

Hay muchas hipótesis de trabajo referidas a los accidentes laborales. Una de ellas, enunciada por sociólogos, me ha gustado siempre por su deliberada falta de “corrección” política: “cada sociedad tiene el número de muertos por accidentes laborales que es capaz de asumir”. Dicho de otra forma, el requisito previo para que desciendan los accidentes es que realmente queramos que no haya más muertos.

Y no hablo de que ese deseo sea patrimonio de los directamente implicados (trabajadores del mismo u otros sectores, sindicatos y patronal, técnicos prevencionistas) sino de todos. Todos: los trabajadores sometidos a riesgo, por supuesto, pero también sus familias, sus amigos, sus vecinos. Barrios enteros, ciudades, un país entero. Y de forma solidaria, sus órganos de gobierno (local, autonómico, nacional).

Entonces sí se podrá hablar de un clima real de seguridad y salud, de una cultura preventiva compartida. Es entonces cuando los accidentes comenzarán a reducirse de forma clara y continuada. Y mientras tanto, hasta alcanzar ese quizá utópico objetivo tan lejano ¿qué podemos hacer?

Muchas cosas, créame. Entre otras diseñar unos puestos de trabajo seguros que generen condiciones laborales saludables de forma solidaria a unos procedimientos de trabajo bien definidos. Esto, unido a un proceso de comunicación eficaz, contribuiría a que la implicación de los trabajadores fuera real.

Además, y mientras todo este complejo engranaje comienza a dar resultados, yo propongo un sistema de supervisión que facilite una drástica reducción de la accidentalidad, que consiga de ésta una tendencia descendente y sostenida en el tiempo. Ese sistema de supervisión ha de tener, para que funcionamiento sea efectivo, un característica llamativa: ha de ser positivo.

Me explico: Hemos de dejar de intentar concienciar a los trabajadores, eternos sufridores de “inacabables” cursos de formación en los que se recitan alegres relatos épicos que no se acercan en absoluto a la realidad circundante. Tenemos que comenzar a utilizar las consecuencias de las conductas de los trabajadores (y de los capataces, mandos e incluso directivos) para fomentar la ejecución de los comportamientos considerados como correctos y así evitar los nocivos o peligrosos.

Esto parece evidente, pero no lo es tanto si nadie se ha molestado en identificar previamente los procedimientos correctos para cada una de las órdenes de trabajo previstas, y que dichos procedimientos sean saludables (que no sólo cumplan la legislación sino que vayan más allá y además resulten eficaces).

La idea añadida es intentar premiar antes que castigar. Se lo digo con una frase hecha muy explícita que da título a nuestro artículo de hoy: Se trata de intentar pillar “in fraganti” a nuestros trabajadores haciendo BIEN las cosas. Y de felicitarles por ello. Se trata de dejar grabado en todas las conciencias la idea de que hacer bien las cosas es productivo, eficiente y merece una recompensa, aunque ésta  sea un sencillo elogio (por muy reiterado que resulte).

Este enfoque positivo puede resultar extraño a todos cuantos se han habituado a recibir de sus supervisores únicamente comunicaciones negativas: castigos, reprimendas o admoniciones. Pero está claro que una comunicación vertical más fluida y habitual, centrada en presentar las opiniones de los mandos y que incluya su opinión positiva ante los comportamientos correctos de sus colaboradores resulta eficiente y muy rentable.

Lo contrario, es decir, promover complejos sistemas de gestión basados en las buenas intenciones pero centradas en el castigo de los que incumplen los procedimientos establecidos (enfoque negativista), sólo sirve para gastar dinero en asesorías inútiles y documentación hueca. Los índices parecen darnos la razón. Un símil muy visual: el punto de vista negativo en prevención es casi como gastarse un dineral en el mejor burlete para asegurar el cerramiento estanco de la puerta de nuestra vivienda sin querer darse cuenta de que alguna de las ventanas... !carece de cristales!.

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